El contacto con el
NUMEN es siempre indirecto, y su captación requiere haber entrenado el cerebro
para ello. Como si cultiváramos una suerte de “espacio” inodoro, insonoro que,
de repente, se pone a temblar, llenándose progresivamente de líquenes,
murallas, frescos, estatuas, restos de civilizaciones perdidas en la noche de
los tiempos, donde la agujereada sucesión se completa con el néctar de nuestros
sueños y anhelos. Es función de la imaginación propiamente dicha, como agente
psíquico que completa lo que la historia o la naturaleza van dejando sin
explicar, lo a medias creado o lo a medias conservado, cazar el NUMEN. Y luego,
cosecharlo.
Lo numinoso posee también una
delicadeza, una nobleza en su manifestación, que es justamente lo que produce
gozo estético además de estremecimiento. Pone a prueba nuestra humanidad,
forzando los goznes de sus reservorios desconocidos.
Lovecraft rozó lo numinoso mediante descripciones de ciudades ciclópeas que sugieren la presencia de razas muy adelantadas a la nuestra, y que podrían destruirnos si despertaran; Alan Moore, al entender los puntos de quiebre de la cultura en su encontronazo con la magia; William Hodgson, en sus narraciones de puros paisajes imposibles cargados de una corrosiva melancolía; H. P. Blavatsky, al capturar y sistematizar las excepciones de lo humano sin imponerse límites ni prejuicios de ninguna índole; P. D. Ouspensky, al entender la oscura ciencia del tiempo y la percepción de lo que está más allá del tiempo; William Blake, al desarrollar un nuevo arte de inventar dioses; Carl Gustav Jung, al encontrar la lógica oculta en los sueños y al estudiar al hombre como personaje o mero apéndice de sus propios sueños; Miguel Serrano, al conectar la poesía cosmogónica órfica con la gnosis del primer Cristianismo; y P. K: Dick, al conectar las cosmogonías más delirantes con la nomenclatura científica y la filosofía del cerebro.
Carlos Lloró, abril, 2021



