Desde su mismo origen, la literatura –como su ilustre abuela, la cosmogonía– se propuso extraer el sentido de la realidad. O al menos contactar al NUMEN (“experiencia no-racional y no-sensorial o un presentimiento cuyo centro principal e inmediato está fuera de la identidad”, tal como lo define Rudolf Otto, en sus Ensayos sobre lo numinoso).
Las pinturas de Ernesto
Sábato son una fuente perturbadora de energía numinosa. Rostros que emergen de
un abismo de horror convertidos en monstruos, deformados pero también
iluminados por lo que alcanzaron a ver en las espantosas profundidades.
El NUMEN es el punto de enlace entre lo cotidiano y el misterio. Es lo
indecible mismo. Lo real, según Jacques Lacan. Lo
numinoso empieza como presentimiento de un orden de realidad más espeso, más
hondo, más “otro”, más atemporal, que el de la mera sucesión vital. Nos ocurre,
a veces, después de una lectura, una audición musical, una conversación, un
instante de introspección, un paseo nocturno por la playa, o atravesando un
silencioso callejón, o recorriendo una iglesia, sentir que todos los milenios de
la historia y la prehistoria, se funden con los milenios del futuro y del
remoto futuro; esa fusión no nos da necesariamente una imagen, pero sí una
vibración –aunque esta vibración puede estar mediada por una imagen–. Lo
numinoso vibra porque sacude lo temporal y mortal en nosotros, proyectándonos a
una esfera solo reservada a los dioses, y no a cualesquier dioses, no. En esa esfera, el tiempo cesa en su
linealidad y se transforma en un remolino.
La COSMOGÉNESIS (primer tomo de La
doctrina secreta), de H. P. Blavatsky, una fotocopia que realicé en
Valparaíso, a fines del siglo pasado, a partir del original de mi amigo Leonard
Chellew, y que he mantenido conmigo, erizada de subrayados y dibujos. En esta
fotocopia anillada nace para mí la fascinación por la estética del pensamiento
cosmogónico, la poesía de lo numinoso.
El contacto con el
NUMEN es siempre indirecto, y su captación requiere haber entrenado el cerebro
para ello. Como si cultiváramos una suerte de “espacio” inodoro, insonoro que,
de repente, se pone a temblar, llenándose progresivamente de líquenes,
murallas, frescos, estatuas, restos de civilizaciones perdidas en la noche de
los tiempos, donde la agujereada sucesión se completa con el néctar de nuestros
sueños y anhelos. Es función de la imaginación propiamente dicha, como agente
psíquico que completa lo que la historia o la naturaleza van dejando sin
explicar, lo a medias creado o lo a medias conservado, cazar el NUMEN. Y luego,
cosecharlo.
Lo numinoso posee también una
delicadeza, una nobleza en su manifestación, que es justamente lo que produce
gozo estético además de estremecimiento. Pone a prueba nuestra humanidad,
forzando los goznes de sus reservorios desconocidos.
En sus fundamentales Ensayos sobre lo numinoso, el teólogo alemán Rudolf Otto distingue
entre la experiencia del lumen (lo
luminoso), omen (lo ominoso) y numen (lo numinoso). De las tres, la
experiencia de lo numinoso es la única que rebasa la razón y el lenguaje.
Lovecraft rozó lo numinoso
mediante descripciones de ciudades ciclópeas que sugieren la presencia de razas
muy adelantadas a la nuestra, y que podrían destruirnos si despertaran; Alan
Moore, al entender los puntos de quiebre de la cultura en su encontronazo con la
magia; William Hodgson, en sus narraciones de puros paisajes imposibles
cargados de una corrosiva melancolía; H. P. Blavatsky, al capturar y
sistematizar las excepciones de lo humano sin imponerse límites ni prejuicios
de ninguna índole; P. D. Ouspensky, al entender la oscura ciencia del tiempo y
la percepción de lo que está más allá del tiempo; William Blake, al desarrollar
un nuevo arte de inventar dioses; Carl Gustav Jung, al encontrar la lógica
oculta en los sueños y al estudiar al hombre como personaje o mero apéndice de
sus propios sueños; Miguel Serrano, al conectar la poesía cosmogónica órfica
con la gnosis del primer Cristianismo; y P. K: Dick, al conectar las
cosmogonías más delirantes con la nomenclatura científica y la filosofía del
cerebro.Carlos Lloró, abril, 2021
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