Con Sergio Meier hablamos de libros infinitos, de la poética del infinito, y de libros que no terminan. Coincidíamos en que la infinitud, ese "no terminar" de los libros que nos importaban, no aludía necesariamente a cantidad de páginas, sino a cierta "resina" desprendida de los libros mismos, de su aura inatrapable, del hechizo que provocan en una psiquis despierta y atenta.
El libro infinito al que me quiero referir aquí se titula SPLENDOR. Su autor, el peruano Enrique Verástegui, fue un verdadero monstrorum artifex, un alucinado e iluminado creador de universos que celebran, en última instancia, el encantamiento del propio escritor con el ejercicio libre y desalmado de la escritura.
¿Cuál es la dificultad de un libro como SPLENDOR? Es la misma dificultad de otros textos del mismo Verástegui. Para disfrutarlo tienes que encontrar un "fascinosum", un hilo de Ariadna que te lleve hacia el centro mismo del libro. Ese hilo puede ser una palabra, una determinada combinación tipográfica, una cita, el color de una descripción, o un abrupto cambio de ritmo en la disposición de la prosa.
Siento que Verástegui estaba en el Paraíso cuando escribía. Su manera de nombrar las cosas, de jugar con el lenguaje, es adánico, es inocente, es premoral, es arcaizante e infantil en el mejor sentido, el del PUER SENEX o niño sabio de los romanos; él es un AION, un niño mágico investido con el todopoder del Verbo, pues en el principio era el VERBO.
Leer SPLENDOR es volver a entrar en la esencia de los objetos, antes de que se convirtieran en productos, en cosas. El fluir paradisíaco de su escritura es sanador, es desafiante. Verástegui no es un escritor decorativo, no es un escritor funcional. Es un maravillado maravillante. Un egrégor, un mago.
Carlos Lloró, 7 de mayo 2021

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