martes, 27 de abril de 2021

LOS HIJOS DE "LOS"

 


Al hablar de la obra y el autor, pienso que el problema desaparece cuando lo vemos simplemente en términos de disponibilidad. Al leer Las mil y una noches, no echo de menos saber quién fue el autor; es decir, el autor no está disponible y ello no constituye un problema. Por otro lado, con James Joyce me ocurre que su vida, su biografía, sus manías, sus hábitos, me parecen mucho más estimulantes que su obra. Entonces decido leer la biografía de un escritor llamado Joyce, y abstenerme de su obra. En el caso de Kafka, me interesa por igual vida y obra. Kafka caminando por la ribera del Moldava, Kafka ascendiendo y descendiendo las escaleras que conectan la Praga antigua con el proceloso Castillo, son imágenes que se mezclan en mi cerebro con la de Kafka garabateando en sus Diarios, sembrando las semillas de sus futuras obras maestras; es como imaginar a Rodolfo Walsh huyendo de los militares, autoexiliado en la costa de El Tigre, comiendo únicamente lo que él mismo pescaba, y luego imaginarlo seleccionando y traduciendo los textos de su maravillosa ANTOLOGÍA DEL CUENTO EXTRAÑO, en 4 volúmenes. Como si superpusiéramos dos postales correspondientes a mundos distantes y de repente descubriésemos que constituyen el mismo mundo.

William Blake, uno de los más brillantes creadores de panteones artificiales, habla de los Cuatro Zoas, que son «LOS (Imaginación, encarnada en la figura de MILTON), Urizen (Intelecto Superior, el DEMIURGO, JEHOVÁ), Luvah (Amor, CRISTO) y Tharmas (Forma o Belleza, MIGUEL ANGEL)». Y Sergio Meier, el numinoso heresiarca de Quillota, en LA SEGUNDA ENCICLOPEDIA DE TLÖN opone lo urizénico, que es propio de la avaricia del status, la avaricia de la definición, la lujuria del resultado, al accionar de LOS, que aboga por la creación libre, no condicionada por ningún interés de enmarcar o imponer un molde a la corriente creativa.

De los cuatro Zoas, LOS representa la imaginación libre, desprejuiciada y no condicionada.

            Me parece interesante traer a colación esta particular cosmogonía blakeana para discutir, antes de entrar a hablar del autor, la distinción entre creación y obra. Los hijos de LOS, para Blake, son esos creadores entregados al ejercicio fluido de la imaginación. Son autores luego de muertos porque la crítica los denomina como tales. Primero fueron creadores.

“Si yo te llamara hoy con tu Verdadero Nombre no me oirías. Te he nombrado con él algunas veces y ni siquiera en sueños me has escuchado”.

Estas palabras extraídas de Nos. Libro de la Resurrección, de Miguel Serrano, enuncian, tal vez de manera indirecta pero precisa, el problema del autor y la obra en el momento presente, el creador condicionado por una IMAGEN que defender y una TRAYECTORIA que cultivar… El autor-Narciso distraído de sí mismo, sordo a sus propias voces interiores.

Reconozco que siento debilidad por los autores subterráneos, olvidados, desclasados, inadaptados, desmesurados, sufrientes. Lovecraft, Kafka, Verástegui, Emar, Emily Dickinson, Macedonio Fernández. En estos autores la conciencia de AUTORÍA no es un proceso de construcción, sino un proceso de disolución o despersonalización, donde la obra no se impone como producto organizado, filtrado y desinfectado por la crítica, sino que vaga libre como un organismo extraño que se va haciendo, a tropezones, con los mismos sueños, desvaríos y dolores de un ser humano que necesita CREAR.

Macedonio Fernández abandonaba los borradores de sus textos en las distintas pensiones por donde iba pasando. Emily Dickinson guardaba en gavetas sus poemas, sin darlos a la imprenta. Emar decidió no publicar nada en vida, sino crear, crear, y que luego “otros me publiquen sentados sobre las gradas de mi sepultura”, como escribió él mismo en Umbral.

Más que autores se trata aquí de AGENTES ACTIVADORES, -que es algo distinto de AUTOR- que ponen en circulación ciertas sustancias textuales que con muchísimas reservas y más bien por comodidad podríamos llamar OBRA. En estos autores, lo creado no adquiere ribetes de producto, como suele suceder desde la revolución industrial, sino que se sitúa más cerca del sentido del OPUS medieval, la búsqueda de los alquimistas. Como sabemos, los alquimistas eran autores de un proceso, el OPUS MAGNUM, cuyo propósito era transformarse a sí mismos, convertir la vida cotidiana, terrenal, en algo más perdurable…

El Opus no está localizado, no está limitado por un molde o por marcas temporales. En el caso de Juan Emar, su OPUS llamado Umbral, con casi 5000 páginas impresas, se interrumpió solo al interrumpirse su vida. A Umbral se lo nombra como OBRA cuando Emar muere y los manuscritos son dados a la luz.

Umbral, de Juan Emar, el OPUS alucinante de un alquimista chileno.

Otro caso, a medio camino entre el alquimista y el autor moderno, es el de los trovadores o Minnesänger, que cultivaron una forma de expresión llamada Trobar Clus, o trobar oscuro, o cantar cifrado. Miguel Serrano dice que, a través del Trobar Clus, los “Minnesänger (…) deseaban disfrazar su persona, además del mensaje de sus escritos”.

Aquí tenemos pues dos ejemplos previos a la modernidad; el alquimista, creador que descree de la autoría, porque no se ve a sí mismo como creador de un objeto con valor, sino que pone en marcha un proceso, el OPUS, cuyo propósito es explorar su propia interioridad, (el objeto sería un subproducto); y luego el Minnesänger, creador que enmascara su autoría, pues considera que su personalidad real puede enturbiar o contaminar aquello de lo que quiere hablar.

Otra idea muy interesante se trasluce en el cuento Tlön, Uqbar, Orbis tertius, del omnipresente Borges.

“En los hábitos literarios también es todopoderosa la idea de un sujeto único. Es raro que los libros estén firmados. No existe el concepto del plagio: se ha establecido que todas las obras son obra de un solo autor, que es intemporal y es anónimo. La crítica suele inventar autores: elige dos obras disímiles —el Tao Te King y las 1001 Noches, digamos—, las atribuye a un mismo escritor y luego determina con probidad la psicología de ese interesante homme de lettres ...

Imaginemos un juego Tlöniano: leamos Frankenstein, Los detectives salvajes, Rayuela, Crimen y castigo, Umbral, como si fueran obra de un mismo autor; ¿los leeríamos de la misma manera?

Otro autor en el que se encarna esa búsqueda de las fronteras del propio ser a través de una obra, es P. K. Dick, especialmente en su EXÉGESIS, que contiene todos sus apuntes sobre gnosticismo, cábala, psicología evolutiva, física de universos paralelos, etc. En la Exégesis, Dick baraja la idea de que sus libros son escritos en coautoría con una entidad a quien él llama el Otro. 

Más adelante en la Exégesis dice Dick:

… supongamos que el Gran Constructor nos ha creado humanos aquí, cada uno de nosotros, como la mitad de un organismo total, la otra mitad del cual no es un ser humano sino algo totalmente diferente, tal vez sin ningún cuerpo físico, sino una especie de plasma de energía que se ajusta o se "vierte" en cada uno de nosotros, como se dice que es el Parakletos (el Espíritu Santo, el intercesor).

El creador sería pues, un intercesor, cuya misión sería restituir la unidad perdida del YO, lo que Jung llama principio de individuación.

La Exégesis de P. K. Dick pertenece, como el Umbral de Juan Emar, a la categoría de los libros alquímicos, inspirados por el LOS blakeano.

Me gustaría tomar algunas ideas de Helena Blavatsky sobre el universo como una obra sin autor, o un pensamiento sin pensador, para sugerir el carácter fantasmagórico de toda autoría. Dice Blavatsky que las cosas de la realidad son como

“las sombras proyectadas por una linterna mágica sobre un lienzo blanco. Sin embargo, todas las cosas son relativamente reales, puesto que el conocedor es también una reflexión, y por lo tanto las cosas conocidas son tan reales para él como él mismo (…) La existencia de un pensamiento cósmico no involucra necesariamente la existencia de un pensador cósmico.”

Semejante a lo que piensa la ciencia, el universo es una maravillosa creación sin creador, una OBRA sin AUTOR, para atenernos a nuestra nomenclatura”.

Por último, volvamos a Borges, quien, en La flor de Coleridge, anota:

Hacia 1938, Paul Valéry escribió: "La Historia de la literatura no debería ser la historia de los autores y de los accidentes de su carrera o de la carrera de sus obras sino la Historia del Espíritu como productor o consumidor de literatura. Esa historia podría llevarse a término sin mencionar un solo escritor."

Que una pieza literaria salga más o menos inspirada, depende, entonces, de que el Espíritu allí sopló con un poco más de gracia o vehemencia; mérito del escribano hay poco; demérito, menos aún.

Carlos Lloró, abril, 2021

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