viernes, 7 de mayo de 2021

NOTA SOBRE "SPLENDOR" DE ENRIQUE VERÁSTEGUI

 Con Sergio Meier hablamos de libros infinitos, de la poética del infinito, y de libros que no terminan. Coincidíamos en que la infinitud, ese "no terminar" de los libros que nos importaban, no aludía necesariamente a cantidad de páginas, sino a cierta "resina" desprendida de los libros mismos, de su aura inatrapable, del hechizo que provocan en una psiquis despierta y atenta.

El libro infinito al que me quiero referir aquí se titula SPLENDOR. Su autor, el peruano Enrique Verástegui, fue un verdadero monstrorum artifex, un alucinado e iluminado creador de universos que celebran, en última instancia, el encantamiento del propio escritor con el ejercicio libre y desalmado de la escritura.

martes, 27 de abril de 2021

LOS HIJOS DE "LOS"

 


Al hablar de la obra y el autor, pienso que el problema desaparece cuando lo vemos simplemente en términos de disponibilidad. Al leer Las mil y una noches, no echo de menos saber quién fue el autor; es decir, el autor no está disponible y ello no constituye un problema. Por otro lado, con James Joyce me ocurre que su vida, su biografía, sus manías, sus hábitos, me parecen mucho más estimulantes que su obra. Entonces decido leer la biografía de un escritor llamado Joyce, y abstenerme de su obra. En el caso de Kafka, me interesa por igual vida y obra. Kafka caminando por la ribera del Moldava, Kafka ascendiendo y descendiendo las escaleras que conectan la Praga antigua con el proceloso Castillo, son imágenes que se mezclan en mi cerebro con la de Kafka garabateando en sus Diarios, sembrando las semillas de sus futuras obras maestras; es como imaginar a Rodolfo Walsh huyendo de los militares, autoexiliado en la costa de El Tigre, comiendo únicamente lo que él mismo pescaba, y luego imaginarlo seleccionando y traduciendo los textos de su maravillosa ANTOLOGÍA DEL CUENTO EXTRAÑO, en 4 volúmenes. Como si superpusiéramos dos postales correspondientes a mundos distantes y de repente descubriésemos que constituyen el mismo mundo.

William Blake, uno de los más brillantes creadores de panteones artificiales, habla de los Cuatro Zoas, que son «LOS (Imaginación, encarnada en la figura de MILTON), Urizen (Intelecto Superior, el DEMIURGO, JEHOVÁ), Luvah (Amor, CRISTO) y Tharmas (Forma o Belleza, MIGUEL ANGEL)». Y Sergio Meier, el numinoso heresiarca de Quillota, en LA SEGUNDA ENCICLOPEDIA DE TLÖN opone lo urizénico, que es propio de la avaricia del status, la avaricia de la definición, la lujuria del resultado, al accionar de LOS, que aboga por la creación libre, no condicionada por ningún interés de enmarcar o imponer un molde a la corriente creativa.

De los cuatro Zoas, LOS representa la imaginación libre, desprejuiciada y no condicionada.

            Me parece interesante traer a colación esta particular cosmogonía blakeana para discutir, antes de entrar a hablar del autor, la distinción entre creación y obra. Los hijos de LOS, para Blake, son esos creadores entregados al ejercicio fluido de la imaginación. Son autores luego de muertos porque la crítica los denomina como tales. Primero fueron creadores.

“Si yo te llamara hoy con tu Verdadero Nombre no me oirías. Te he nombrado con él algunas veces y ni siquiera en sueños me has escuchado”.

Estas palabras extraídas de Nos. Libro de la Resurrección, de Miguel Serrano, enuncian, tal vez de manera indirecta pero precisa, el problema del autor y la obra en el momento presente, el creador condicionado por una IMAGEN que defender y una TRAYECTORIA que cultivar… El autor-Narciso distraído de sí mismo, sordo a sus propias voces interiores.

Reconozco que siento debilidad por los autores subterráneos, olvidados, desclasados, inadaptados, desmesurados, sufrientes. Lovecraft, Kafka, Verástegui, Emar, Emily Dickinson, Macedonio Fernández. En estos autores la conciencia de AUTORÍA no es un proceso de construcción, sino un proceso de disolución o despersonalización, donde la obra no se impone como producto organizado, filtrado y desinfectado por la crítica, sino que vaga libre como un organismo extraño que se va haciendo, a tropezones, con los mismos sueños, desvaríos y dolores de un ser humano que necesita CREAR.

Macedonio Fernández abandonaba los borradores de sus textos en las distintas pensiones por donde iba pasando. Emily Dickinson guardaba en gavetas sus poemas, sin darlos a la imprenta. Emar decidió no publicar nada en vida, sino crear, crear, y que luego “otros me publiquen sentados sobre las gradas de mi sepultura”, como escribió él mismo en Umbral.

Más que autores se trata aquí de AGENTES ACTIVADORES, -que es algo distinto de AUTOR- que ponen en circulación ciertas sustancias textuales que con muchísimas reservas y más bien por comodidad podríamos llamar OBRA. En estos autores, lo creado no adquiere ribetes de producto, como suele suceder desde la revolución industrial, sino que se sitúa más cerca del sentido del OPUS medieval, la búsqueda de los alquimistas. Como sabemos, los alquimistas eran autores de un proceso, el OPUS MAGNUM, cuyo propósito era transformarse a sí mismos, convertir la vida cotidiana, terrenal, en algo más perdurable…

El Opus no está localizado, no está limitado por un molde o por marcas temporales. En el caso de Juan Emar, su OPUS llamado Umbral, con casi 5000 páginas impresas, se interrumpió solo al interrumpirse su vida. A Umbral se lo nombra como OBRA cuando Emar muere y los manuscritos son dados a la luz.

Umbral, de Juan Emar, el OPUS alucinante de un alquimista chileno.

Otro caso, a medio camino entre el alquimista y el autor moderno, es el de los trovadores o Minnesänger, que cultivaron una forma de expresión llamada Trobar Clus, o trobar oscuro, o cantar cifrado. Miguel Serrano dice que, a través del Trobar Clus, los “Minnesänger (…) deseaban disfrazar su persona, además del mensaje de sus escritos”.

Aquí tenemos pues dos ejemplos previos a la modernidad; el alquimista, creador que descree de la autoría, porque no se ve a sí mismo como creador de un objeto con valor, sino que pone en marcha un proceso, el OPUS, cuyo propósito es explorar su propia interioridad, (el objeto sería un subproducto); y luego el Minnesänger, creador que enmascara su autoría, pues considera que su personalidad real puede enturbiar o contaminar aquello de lo que quiere hablar.

Otra idea muy interesante se trasluce en el cuento Tlön, Uqbar, Orbis tertius, del omnipresente Borges.

“En los hábitos literarios también es todopoderosa la idea de un sujeto único. Es raro que los libros estén firmados. No existe el concepto del plagio: se ha establecido que todas las obras son obra de un solo autor, que es intemporal y es anónimo. La crítica suele inventar autores: elige dos obras disímiles —el Tao Te King y las 1001 Noches, digamos—, las atribuye a un mismo escritor y luego determina con probidad la psicología de ese interesante homme de lettres ...

Imaginemos un juego Tlöniano: leamos Frankenstein, Los detectives salvajes, Rayuela, Crimen y castigo, Umbral, como si fueran obra de un mismo autor; ¿los leeríamos de la misma manera?

Otro autor en el que se encarna esa búsqueda de las fronteras del propio ser a través de una obra, es P. K. Dick, especialmente en su EXÉGESIS, que contiene todos sus apuntes sobre gnosticismo, cábala, psicología evolutiva, física de universos paralelos, etc. En la Exégesis, Dick baraja la idea de que sus libros son escritos en coautoría con una entidad a quien él llama el Otro. 

Más adelante en la Exégesis dice Dick:

… supongamos que el Gran Constructor nos ha creado humanos aquí, cada uno de nosotros, como la mitad de un organismo total, la otra mitad del cual no es un ser humano sino algo totalmente diferente, tal vez sin ningún cuerpo físico, sino una especie de plasma de energía que se ajusta o se "vierte" en cada uno de nosotros, como se dice que es el Parakletos (el Espíritu Santo, el intercesor).

El creador sería pues, un intercesor, cuya misión sería restituir la unidad perdida del YO, lo que Jung llama principio de individuación.

La Exégesis de P. K. Dick pertenece, como el Umbral de Juan Emar, a la categoría de los libros alquímicos, inspirados por el LOS blakeano.

Me gustaría tomar algunas ideas de Helena Blavatsky sobre el universo como una obra sin autor, o un pensamiento sin pensador, para sugerir el carácter fantasmagórico de toda autoría. Dice Blavatsky que las cosas de la realidad son como

“las sombras proyectadas por una linterna mágica sobre un lienzo blanco. Sin embargo, todas las cosas son relativamente reales, puesto que el conocedor es también una reflexión, y por lo tanto las cosas conocidas son tan reales para él como él mismo (…) La existencia de un pensamiento cósmico no involucra necesariamente la existencia de un pensador cósmico.”

Semejante a lo que piensa la ciencia, el universo es una maravillosa creación sin creador, una OBRA sin AUTOR, para atenernos a nuestra nomenclatura”.

Por último, volvamos a Borges, quien, en La flor de Coleridge, anota:

Hacia 1938, Paul Valéry escribió: "La Historia de la literatura no debería ser la historia de los autores y de los accidentes de su carrera o de la carrera de sus obras sino la Historia del Espíritu como productor o consumidor de literatura. Esa historia podría llevarse a término sin mencionar un solo escritor."

Que una pieza literaria salga más o menos inspirada, depende, entonces, de que el Espíritu allí sopló con un poco más de gracia o vehemencia; mérito del escribano hay poco; demérito, menos aún.

Carlos Lloró, abril, 2021

martes, 20 de abril de 2021

APUNTES SOBRE LO NUMINOSO (1)

Desde su mismo origen, la literatura –como su ilustre abuela, la cosmogonía– se propuso extraer el sentido de la realidad. O al menos contactar al NUMEN (“experiencia no-racional y no-sensorial o un presentimiento cuyo centro principal e inmediato está fuera de la identidad”, tal como lo define Rudolf Otto, en sus Ensayos sobre lo numinoso).


Las pinturas de Ernesto Sábato son una fuente perturbadora de energía numinosa. Rostros que emergen de un abismo de horror convertidos en monstruos, deformados pero también iluminados por lo que alcanzaron a ver en las espantosas profundidades.

El NUMEN es el punto de enlace entre lo cotidiano y el misterio. Es lo indecible mismo. Lo real, según Jacques Lacan. Lo numinoso empieza como presentimiento de un orden de realidad más espeso, más hondo, más “otro”, más atemporal, que el de la mera sucesión vital. Nos ocurre, a veces, después de una lectura, una audición musical, una conversación, un instante de introspección, un paseo nocturno por la playa, o atravesando un silencioso callejón, o recorriendo una iglesia, sentir que todos los milenios de la historia y la prehistoria, se funden con los milenios del futuro y del remoto futuro; esa fusión no nos da necesariamente una imagen, pero sí una vibración –aunque esta vibración puede estar mediada por una imagen. Lo numinoso vibra porque sacude lo temporal y mortal en nosotros, proyectándonos a una esfera solo reservada a los dioses, y no a cualesquier dioses, no.  En esa esfera, el tiempo cesa en su linealidad y se transforma en un remolino.


La COSMOGÉNESIS (primer tomo de La doctrina secreta), de H. P. Blavatsky, una fotocopia que realicé en Valparaíso, a fines del siglo pasado, a partir del original de mi amigo Leonard Chellew, y que he mantenido conmigo, erizada de subrayados y dibujos. En esta fotocopia anillada nace para mí la fascinación por la estética del pensamiento cosmogónico, la poesía de lo numinoso.

El contacto con el NUMEN es siempre indirecto, y su captación requiere haber entrenado el cerebro para ello. Como si cultiváramos una suerte de “espacio” inodoro, insonoro que, de repente, se pone a temblar, llenándose progresivamente de líquenes, murallas, frescos, estatuas, restos de civilizaciones perdidas en la noche de los tiempos, donde la agujereada sucesión se completa con el néctar de nuestros sueños y anhelos. Es función de la imaginación propiamente dicha, como agente psíquico que completa lo que la historia o la naturaleza van dejando sin explicar, lo a medias creado o lo a medias conservado, cazar el NUMEN. Y luego, cosecharlo.

            Lo numinoso posee también una delicadeza, una nobleza en su manifestación, que es justamente lo que produce gozo estético además de estremecimiento. Pone a prueba nuestra humanidad, forzando los goznes de sus reservorios desconocidos.


En sus fundamentales Ensayos sobre lo numinoso, el teólogo alemán Rudolf Otto distingue entre la experiencia del lumen (lo luminoso), omen (lo ominoso) y numen (lo numinoso). De las tres, la experiencia de lo numinoso es la única que rebasa la razón y el lenguaje.

Lovecraft rozó lo numinoso mediante descripciones de ciudades ciclópeas que sugieren la presencia de razas muy adelantadas a la nuestra, y que podrían destruirnos si despertaran; Alan Moore, al entender los puntos de quiebre de la cultura en su encontronazo con la magia; William Hodgson, en sus narraciones de puros paisajes imposibles cargados de una corrosiva melancolía; H. P. Blavatsky, al capturar y sistematizar las excepciones de lo humano sin imponerse límites ni prejuicios de ninguna índole; P. D. Ouspensky, al entender la oscura ciencia del tiempo y la percepción de lo que está más allá del tiempo; William Blake, al desarrollar un nuevo arte de inventar dioses; Carl Gustav Jung, al encontrar la lógica oculta en los sueños y al estudiar al hombre como personaje o mero apéndice de sus propios sueños; Miguel Serrano, al conectar la poesía cosmogónica órfica con la gnosis del primer Cristianismo; y P. K: Dick, al conectar las cosmogonías más delirantes con la nomenclatura científica y la filosofía del cerebro.

Carlos Lloró, abril, 2021



domingo, 18 de abril de 2021

 DOS FOTOGRAMAS DE "EL HORROR DE DRÁCULA"                                       (Terence Fisher, 1958)

 La imposibilidad de acceder a los títulos de los libros (¡ni siquiera a uno!) de la gran biblioteca de Drácula, en la película de Terence Fisher, ha herido mi imaginación desde niño. ¿Qué libros contendría la misteriosa colección de Drácula? Sobre ello conversé con Jaime Córdova en la primera parte de nuestro libro La biblioteca del conde Drácula y otros diálogos acerca de lo fantástico:


"–Otro tema que me interesa es el de la biblioteca de Drácula. En tu libro Hammer Film: otra mirada hacia el horror, se dice que “Jonathan Harker es contratado por el conde Drácula para que se haga cargo de su biblioteca. Lo que no sabe el vampiro es que Harker quiere destruirlo, y el trabajo de bibliotecario es una mera treta.” Hay dos planos, en la película El Horror de Drácula, donde se muestra la biblioteca del conde. Y en la novela de Stoker, se habla de los libros que Drácula tenía a mano, y todos tenían que ver con su preparación para el viaje a Inglaterra. Dice: “un vasto número de libros en inglés, estantes enteros llenos de ellos, y volúmenes de periódicos y revistas encuadernados. Una mesa en el centro estaba llena de revistas y periódicos ingleses, aunque ninguno de ellos era de fecha muy reciente. Los libros eran de las más variadas clases: historia, geografía, política, economía política, botánica, biología, derecho, y todos refiriéndose a Inglaterra y a la vida y costumbres inglesas.” Imaginemos que se nos da la posibilidad de entrar a la biblioteca de Drácula. Y en la biblioteca del Señor de los Inmortales, del Vampiro Mayor, debe de haber libros clave, ¿no?, que están ahí desde hace cientos de años. Imaginemos algunos títulos. O algunos temas. ¿Qué se te ocurre? ¿Qué libros te gustaría encontrar si llegaras a entrar en esa biblioteca?

–Me remito al texto mencionado en El nombre de la rosa: la Comedia de Aristóteles –los libros perdidos de la Comedia–; muchos incunables, muchos pergaminos, probablemente parte del archivo de alguna abadía que proveyó a Drácula de ciertos textos, o de originales que fueron desechados y que fueron a parar ahí. Probablemente los textos más maravillosos, los más anhelados, los más ansiados, los nunca encontrados... los Cantares de Gesta que mandó a recopilar Carlomagno, por ahí por el año 800. Todos esos poemas medievales compilados, de los caballeros alemanes, franceses....


Antes y después de que Peter Cushing desgarre las cortinas de la biblioteca en una proeza atlética que provocará la extinción temporal (siempre temporal) del Vampiro Mayor, incapaz de soportar la luz solar (lo que para unos es vida... )


 

Bienvenidas y bienvenidos a "La biblioteca del conde Drácula", título de un libro de conversaciones acerca de lo fantástico, publicado por Ediciones Nagauros (Temuco, Chile, 2021). En este blog contaremos detalles acerca de la génesis del libro, su contenido, los extraños seres que a él concurren, y además continuaremos generando contenido en la misma línea, realizando visitas a la numinosa biblioteca del Conde, en busca de los archivos más extraños y espeluznantes. 



Nuevas incursiones

EL SÍNTOMA DE LO FANTÁSTICO (HOMENAJE A SERGIO MEIER) (PARTE 1)

  (Este ensayo es el primer texto del libro "El síntoma de lo fantástico", de Carlos Lloró) Por ahí se dice que “el síntoma es una...